CRÓNICAS DEL VIAJE

FERNANDO LUIS PÉREZ POZA

 

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1. Caminito de Buenos Aires
2. Crónica de un viaje a Argentina (I): A punto de despegar

1. CAMINITO DE BUENOS AIRES

La vida, a veces, es un largo ovillo. Se tira del hilo y empiezan a crecerle a uno kilómetros en los pies. Y yo tiré del hilo en México cuando conocí a la poeta argentina Ana Guillot, que me invitó a ir a Buenos Aires, y a vueltas con ese emprendimiento ando. Luego viajará Ana con su marido aquí a Galicia, como ambos visitamos en su día al poeta mexicano Roberto Resendiz, o como Roberto me visitó a mí, y así, poco a poco, iremos aboliendo fronteras aunque sólo sea con el corazón, el pensamiento y algún que otro pasaje aéreo.
Hay caminos, que al contrario de cómo dice el tango, nunca borra el tiempo. Caminitos que antes eran de agua y ahora de viento, que se hacen en barco o en avión, pero que en realidad se recorren con los zapatos de los sueños. Caminos que, a veces, carecen de vuelta atrás, como el de la emigración.
A un mes y medio vista de tomar el avión e iniciar una nueva aventura poética, un nuevo viaje transoceánico, intento imaginar la estampa del tío abuelo Emilio, al que nunca conocí, maleta en mano, subiendo al barco en algún puerto de Galicia. La estela de las olas construyendo palacios de espuma blanca en su imaginación a medida que iba dejando atrás a los seres más queridos. Y una tonelada de lágrimas arrojada por la borda que, como las de muchos otros emigrantes, ayudan a engordar el océano pero también a reducir la distancia entre los pueblos y naciones.
Después, los avatares de su llegada a un país extraño. La feroz lucha por la supervivencia tratando de hacerse un hueco en el nuevo mundo. La trágica muerte, una verdadera sátira del destino, atropellado por un tranvía, el mismo día en que se dirigía al encuentro de un hermano que llegaba de España para ayudarle en su negocio, hermano al que siguieron, nada más y nada menos, que otros cinco hermanos. En total siete, de un total de dieciséis hijos que tuvieron mis bisabuelos, si la memoria de quienes lo recuerdan no se equivoca. Y no emigraron más porque algunos no llegaron a vivir lo suficiente para cruzar el charco.
Un paisaje que todavía sigue existiendo en el mundo aunque ahora los emigrantes hagan el camino inverso o vengan a España desde África en patera y no en aquel “paquebote esmaltado que cosía con líneas de humo ágiles cuadros sin marco”, recordando los versos del poeta vanguardista gallego Manuel Antonio, también familia.
Cuando era un niño, Argentina me olía a piel, a cuero curtido, a la piel de la cartera escolar que a mis hermanos y a mí nos enviaban los parientes y que, orgullosos como si de un trofeo se tratara, mostrábamos a todos en el colegio. Sonaba a aquel: ¡Hala, váyanse a joder por ahí! con el que nos obsequiaban en sus visitas, y que yo siempre entendí como una manera cortés de desearnos lo mejor, pero que levantaba ampollas entre el beaterío familiar reducidas las palabras al significado literal en castellano, teniendo en cuenta que no pasábamos de los quince años.
Veía Argentina a través de las letras, las de las cartas que intercambiaba con una prima de mi edad, María Martoccia, hoy novelista en auge a quien los diarios La Nación y Clarín han tratado con muy buena tinta.
Argentina también me sabía a fútbol, a las tardes de gloria del primo Eliseo Mouriño, jugador de Boca Juniors y de la selección en la década de los cincuenta, y cuyo recuerdo mantenía vivo mi madre en todos nosotros, cuando nos mostraba una revista en la que salía un reportaje del entierro multitudinario, cuando murió, víctima de un accidente aéreo.
Tal vez por todos esos detalles, desde siempre supe que algún día iría a Buenos Aires y recorrería sus calles, hasta pelarle el corazón y sentir así los latidos del tango erizando mi piel al más puro estilo Gardel.
Y ese momento creo que ha llegado.
El próximo día 4 de mayo parto desde la ciudad portuguesa de Oporto para Buenos Aires y permaneceré allí hasta el día 25 de mayo. Algunos amigos poetas se están volcando conmigo para que pueda disfrutar de una cumplida agenda de recitales y participación en cafés literarios, de la que daré una información detallada en cuanto la tenga cerrada. Espero contar también con el apoyo de toda la colectividad gallega.
Es la hora de ponerle rostro a mucha gente y definir los rasgos de un montón de siluetas borrosas que hasta ahora vivían en el parcial anonimato que proporciona una dirección de correo electrónico, una lista literaria o un Messenger sin foto; es la hora de estrecharle la mano a un montón de amigos poetas argentinos o de disculparse personalmente ante los que se consideren enemigos, porque sin duda soy culpable de esa distancia; es la hora de reencontrarme con la familia y dar un paso más en este difícil oficio de transformar la realidad en sueño o los sueños en realidad, que tal vez diría Borges, si es que no lo dijo.

Marzo 2008©Fernando Luis Pérez Poza
Pontevedra. España

Crónica de un viaje a Argentina (I)

 

2. A PUNTO DE DESPEGAR

Aquí estoy. A unas horas tan sólo de tomar el avión que me llevará primero de Oporto a Madrid y de Madrid a Buenos Aires. Agotado. Tremendamente cansado.
Para los que vivimos haciendo equilibrios poéticos sobre el alambre económico, veinte días fuera, sin ejercer la actividad que nos proporciona el ir tirando, nos exige un esfuerzo infrahumano anterior. Yo no sé si he batido todos los records de fabricación de libros en estos últimos días, lo que sí estoy seguro es que he trabajado más que cualquier esclavo atrapado en la peor de las esclavitudes, aunque tengo claro que la peor esclavitud es la que uno se impone uno mismo y, en eso, yo soy un verdadero especialista, pero no me arrepiento porque eso luego le da a uno libertad de movimientos.
Me apetece, por lo tanto, sentarme en el avión. Saber que voy a estar casi dieciséis horas en un sillón sin hacer nada me parece en estos momentos lo más parecido al séptimo cielo e, incluso, sólo de pensarlo, llego a empatizar con los políticos, para los cuales esa faceta, la de estar en un sillón sin hacer nada, resulta prácticamente un hábito.
Han sido varios días de quince horas de trabajo, comiendo lo imprescindible, sin cenar, bebiendo a morro un cartón de leche a las cinco de la mañana, cuando subía a casa porque ya no podía más, con el fin de mantener nutridos los huesos, pero me siento satisfecho. Creo que he organizado un calendario del que cualquier poeta se sentiría orgulloso.
Es justo reconocer que no ha sido un esfuerzo en solitario. Mi especial reconocimiento a Ana Guillot, Gabriela Delgado, María Cristina Pizarro, Graciela Welcenblat, Cristina Villanueva, Graciela Pucci, Fanny Garbini y Lucas Debonnet, por el apoyo prestado desde el principio a ese almanaque de recitales y presentaciones que de forma permanentemente y actualizado figura en mi web http://www.eltallerdelpoeta.com/viajeargentina.htm , y a todas las personas que, a través de ellas han intervenido, y que nombrarlas convertiría esto en una especie de padrón literario, lo cual no es mi intención, aunque en posteriores entregas iré dando cuenta de ellas.
Voy con el corazón en la mano para tratar de conocer al mayor número de personas interesadas en la literatura. Ni me considero un gran poeta, ni una gran persona e, incluso, en lo físico podría decir que me aproximo a la canción del Calamaro, sexy, calvo y barrigón, sino fuera por la carencia de lo de sexy, aunque reconozco que esto último es un poco exagerado o un simple y sano ejercicio de un deporte que todos deberíamos practicar de vez en cuando y que consiste en reírnos un poco de nosotros mismos, desdramatizando así la vida y el catecismo con el que nos adoctrinaron en la infancia.
No hay nada mejor que plantearse la vida como un vehículo para cumplir los sueños y Argentina era uno de ellos, de esos sueños que toman posesión de uno desde la infancia, por eso voy dispuesto a poner toda la carne en el asador en este viaje. Tal vez nunca aprenda a bailar el tango, porque para esas cuestiones soy un poco patoso, pero me imagino que verlo bailar en directo debe ser ya toda una experiencia, un diálogo entre la mujer y el hombre, un lenguaje expresado en danza poética, en definitiva, poesía expresada con el cuerpo y el movimiento.
En estos días de intensos preparativos he recibido todo tipo de consejos. Intentaré seguirlos todos menos el de que no lleve calzoncillos verdes que, al parecer, según me han contado, espantarían a más de una. No es mi intención ir mostrando los calzoncillos por doquier. No es mi estilo. Si suenan las doce campanadas en el reloj de la torre y cenicienta decide no perder su zapato de regreso a su casa y me considera el príncipe afortunado y yo a ella una princesa, bueno, serán cosas del destino. Si el reloj decide pararse en una hora para siempre, como le sucedió a Saramago cuando conoció a su tercera mujer, también será una cosa del destino. Yo ni le pongo ni le quito cortinas al futuro, que el sol salga por donde quiera, aunque la luna también me parece realmente maravillosa y me siento bastante feliz en ella.
Un reconocimiento también especial a la poeta marplatense María Gabriela Abeal por su apoyo en estos días difíciles, de tanto trabajo, y por el evento que ha logrado organizar en su ciudad, Mar del Plata. Ella fue la que le puso el título a mi libro, Origami, al escribirme: "Te imagino en tu mundo artesanal, con una luz tenue y rodeado de duendes convertidos en papel como el origami". Espero tener la oportunidad de conocer muy pronto tanto a ella, como a su marido, como a su hija Ágata, un verdadero duende de seis años con el que hablo a veces por el Messenger, duende que ha prometido que me regalará los tres libros que ha escrito en un cuaderno, lo que no cabe duda le augura un gran futuro como escritora.
En fin, las nubes se despejan, comienzo a meter cosas en las maletas y a sentir ya el abrazo de mis primos Pablo y Francisco que me irán a buscar al aeropuerto el próximo lunes. ¡Qué vayan preparando el mate!

Mayo 2008©Fernando Luis Pérez Poza
Pontevedra. España