EVA LÓPEZ ÁLVAREZ

Otros números de la Colección Argos Literaria

Nº 0.- Trece Voces (Antología Poética)
Nº 1.- Hojas de Otoño (Juan Andújar)
Nº 2.- Ejercicio de Invierno
(Carlos H. Millán)
Nº 3.- En los inicios del verano
(José Antonio Romero)
Nº 4.- Ojos de tarot negro
(Fernando Luis Pérez Poza)
Nº 5.- Insomnios confiados al papel higiénico
(Soledad Álvarez)
Nº 6.- Llorar en negro (Eva López Álvarez)

 

POESÍA

COLECCIÓN ARGOS LITERARIA

 

EVA LÓPEZ ÁLVAREZ

 

La agenda y la alarma del móvil me recuerdan cada día la secuencia de tareas, rutinas y obligaciones que debo desempeñar a lo largo de la jornada que tatúa las agendas, mientras los semáforos me cuentan historias que se enredan con las que acontecen en los pasos de cebra, en las concurridas puertas de los bares en que se fuman los cigarrillos los valientes y con los versos que me devuelven los ojos de los críos en el parque, por ejemplo.
Cursé estudios medios de ofimática e inicié estudios de psicología (hasta tercer curso) que me llevaron a varios empleos en los que desempeñé tareas administrativas hasta hace apenas unos meses en los que la situación atroz me alcanzó y me llevó al paro.
Actualmente mis horas se resbalan mientras desempeño tareas domésticas y busco con frenesí otro empleo, pero… para sorpresa mía suelo encontrar versos mágicos en los lugares más insólitos, desde el cubo de la basura, hasta las tiras azules de la fregona.

Eva López Álvarez

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Llorar en negro
Eva López Álvarez
Poesía en castellano
ISBN 978-84-942197-4-0
87 páginas


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LLORAR EN NEGRO, O LA TRISTEZA DE BLANCANIEVES

Siempre es motivo de celebración que un conjunto de versos, de poemas, den el paso y se conviertan en libro, máxime cuando la autoría corresponde a alguien con quien te une una relación no sólo literaria, de compartir textos, proyectos, ideas, sino de amistad. Éste es el caso de "Llorar en negro", una selección de poemas escritos en aproximadamente un año, pero que no aparecen, en el marco de su producción, como algo aislado, sino como resultado de una trayectoria, un aprendizaje que se antoja continuo, un bagaje que forma parte de nuestra faceta literaria, pero también de nuestra vida, nuestra forma de ser, nuestra comprensión del mundo y cuanto nos rodea.
"Llorar en negro" nos presenta poemas de corta extensión, rápidos, veloces como llamaradas, pinceladas, casi fulguraciones, mas no renuncia a la construcción de poemas más extensos; si en el primer caso podemos asomarnos a la ventana de un alma de poeta, que capta su realidad cercana dejándola plasmada en pinceladas (como imágenes que te asaltan, sin previo aviso, y que necesitan ser registradas en ese momento para no caer a los infiernos del olvido), la segunda opción pone en juego la técnica, el dominio del lenguaje: los poetas no utilizamos la madera del artesano, del ebanista, del carpintero, el ladrillo y la viga del albañil, la piedra del escultor, los óleos de los artistas plásticos… Nuestras herramientas son sustantivos, verbos, adjetivos, metáforas, figuras literarias… Esa segunda opción nos enfrenta al trabajo poético "a pie de obra". Cuentan que Lorca decía ser poeta por la gracia de Dios (o del demonio, quién sabe), pero también por la gracia del trabajo, de la técnica y del esfuerzo. Picasso, por su parte, afirmaba creer en las musas, pero (¡qué casualidad!) siempre lo visitaban cuando se encontraba trabajando en su taller. Toda una declaración de intenciones, en ambos casos.
Quizá en la mayoría de las ocasiones, la forma de ser, la per-sonalidad, se transmite a los versos que escribimos. En este caso concreto, el de Eva y su "Llorar en negro", esta máxima se cumple a rajatabla: creatividad absoluta y desbordante. En los versos y poemas que componen este libro, la persona se trasluce, se refleja en las líneas escritas, con versos rápidos (atropellados, a veces) conteniendo a duras penas las emociones que alojan, prestas a desbordar su cauce como un torrente violento. Versos rompedores en el sentido de que no se adscriben a escuela alguna, a excepción del propio dictado de la poeta, del camino hecho desde la ya lejana infancia y adolescencia. El autodidactismo aparece como causa común, particular: algo queda de los poetas de siempre, de los libros de lectura y de texto de la EGB y BUP, de las lecciones de algún profesor que ha quedado anclado a nuestra memoria. Sin embargo, la formación literaria corresponde a las lecturas de aquí y allá, a los libros que nos han interesado por razones diversas, a los que nos han recomendado, a los que vimos en la mochila o en la habitación de alguna amiga, en la estantería de casa, quizá ya olvidados. Y la formación extraliteraria, otras influencias, provienen de la música y de la imagen, ya sea ésta cine, fotografía… Las citas con que se abren algunas partes de este poemario así lo atestiguan, como el propio testimonio de la autora, que define su poesía como eminentemente visual, cuya fuente de nacimiento es en numerosas ocasiones una imagen en una revista, en el buscador de Google, o en vivo y en directo, aquellos testimonios gráficos que nos regala la realidad y que sólo personas como Eva, poetas como Eva, saben vislumbrar, están capacitadas para ver.
La persona se trasluce, se deja ver en sus versos: es su mundo, su universo, el que está bajo estas páginas, ofreciéndonoslo. La experiencia vital se traduce en poesía, adquiere más peso el interior del yo que el exterior, ajeno a nosotros, extraño y cruel. Porque esa experiencia vital que unifica este poemario consiste en el convencimiento de que la vida es dura, de que es un reto, un desafío, una vida injusta, y además se encargó de hacérnoslo saber muy pronto, demasiado pronto. Una vida dura, injusta, difícil, pero que, no obstante, y aunque sea por pequeños detalles, merece la pena vivir. El motor, la base, el germen de la poesía de Eva es una certeza: los días difíciles te empujan a contar cosas. Partiendo de una pareja en un coche camino de la oficina, o de un anciano sentado en un banco (qué soledad desmedida, qué desconsuelo), un día gris y triste asaltado por nubes y lluvia color acero…
¿Nos encontramos entonces ante una poesía de corte intimis-ta? Cierto. Es una poesía que explora el interior del yo, pero que no renuncia a hacernos partícipes, sin renegar de una honda preocupación algunas veces casi metafísica. Versos intimistas que no se agotan en una especie de autodiálogo, sino que posee vocación de ser compartida, reflejándose esto en el tratamiento de los conceptos abstractos, pero también de lo concreto y lo cotidiano. Y en la propia difusión de sus escritos; las redes sociales son los caminos que primero se transitan, territorios donde es posible el contacto con la gente, el veloz intercambio de ideas, textos, imágenes… Estamos ante el reino de la inmediatez, un escaparate al mundo en el que podemos entregar a conocidos y anónimos aquello que escribimos. ¿Puede pedirse más vocación de crear y compartir? O como hace años oí decir a otro buen amigo y poeta: actitud que nace de la convicción de que la poesía merece la pena compartirla, no competirla.
Decía que la poesía de Eva es una poesía intimista, que nace de lo profundo de su ser, de la desnudez de su alma, de su experiencia vital, única, propia, personalísima, de las circunstancias que te han tocado vivir y que (en el más orteguiano de los sentidos) te han moldeado tal y como eres a día de hoy. ¿Es una poesía de la experiencia? Si por poesía de la experiencia entendemos aquella que nace y refleja la experiencia íntima y vital del autor, por supuesto que sí. Pero ya avisaba que no se detiene en la propia introspección, e incluso, en definitiva, ese contenido interior que explora, analiza, y saca a la luz no sin esfuerzo, queda reflejado en multitud de elementos cotidianos que actúan como recordatorios, como símbolos de nuestros estados de ánimo, como elementos que provocan tormentas en la memoria. Como toda la poesía, creo que la de Eva es susceptible de ser calificada como eterna y contemporánea: eterna en tanto que aborda los temas de siempre, fundamentales de la poesía; contemporánea, puesto que es hija de su tiempo, en fondo y forma. Como poesía, hace gala de una suerte de atemporalidad: la quintaesencia de la poesía radica en elevarse de lo particular a lo general, de la propia tribulación al problema común de nuestros semejantes. Porque sin eso, no hay poesía.
Quizá por todo ello está este poemario estructurado por emo-ciones, idénticas en tiempos y lugares, pero son emociones que nos remiten a dualidades, puesto que vivir una cosa significa conocer lo contrario: (des)amor, (des)tiempos, (in)justicias, finales y principios… Cada contrario justifica y otorga razón de ser a su opuesto: ¿sabríamos valorar la dicha de un amor sin haber senti-do los colmillos del desamor, del abandono, de la pérdida? A través de esas emociones se abre paso un caudal enorme de términos, de conceptos, de vivencias: desde la pérdida de la inocencia, el miedo, la soledad, presente en "Siete hostias para Blancanieves" (poema que bien podría resumir el sentido primordial de todo el poemario, y casi de la mayoría de la producción poética de Eva, al menos la que he tenido la oportunidad de leer), hasta el olvido, el abandono, el vacío, las lágrimas (lloradas en negro) y la pena de todos esos días en que sentimos rota el alma (no es de extrañar que haga falta muchas veces "ibuprofeno para el alma). Desamor y desprecio. Desde el tiempo que aparece como una condena, una realidad asfixiante, tiempo que intentamos atar en forma de memoria, que nos define, nos confiere identidad, y que al mismo tiempo nos devora, hasta la costumbre que supone claudicación, pérdida de la emoción y el sentimiento, alienación: el presente es una bruma que nos impide vislumbrar el horizonte. Ésa es la realidad, una realidad opresiva, decepcionante, ante la cual se prefiere el sueño que se puede construir a base de palabras: el lenguaje construye mundos, ofrece alternativas, es un bálsamo, una cura. Ante esta realidad se alza una encrucijada: retar a la vida y no rendirse, o volvernos inmunes e insensibles; o quizá sean caras de la misma moneda, condiciones necesarias la una para la otra. Ya que no nos redime el amor (tormenta y lluvia, dolor y ausencia), fabricamos palabras para la redención, no para la rendición.
Y tristeza. Todas estas páginas están impregnadas de tristeza. Ése es el término que define este poemario: la tristeza de una Blancanieves a la que le enseñaron muy, muy pronto, que la vida es, con perdón, una putada. Que manzanas envenenadas hay muchas, y no siempre llega a tiempo alguien para salvarnos. Porque a veces no hay salvación posible, porque a veces no desea-mos salvarnos.


Carlos H. Millán
Hellín, septiembre de 2013

 

Portada: Antonio Morales Cubero

EN EL PRINCIPIO:

Sin nada que soñar. En blanco y negro, con tan sólo un trazo desdibujaron la sonrisa desbordada de Blancanieves.

(Nunca te entregues a quién no te merece)

De lo más profundo del crepúsculo resurgen, como un volcán, los versos de Eva López intentando encontrar el camino del poema y a su paso, en las veredas, pertrechando van los anhelos besos secos y abrazos de escarcha.
Juega con el lenguaje y la prosodia, mientras pierde toda consciencia y se deja llevar como mecida por un viento leve de silabas a veces vivas, a veces muertas.
Hay confesión enmascarada en sus estrofas. Deseos hirientes como espadas de fuego ahítas de monótona inquietud, de constante desafío a su propio intelecto. Y se adentra en la búsqueda como un axioma constante y eterno, y de vez en vez, los reflejos de su sombra, en un acto difuso se asoman a las esquinas, pasean por las aceras, tiñen de negro su llanto negro como emergiendo de confines ignorados, de regiones no exploradas de su alma abierta, de su luz blanca, de su mirada valiente y sincera.
Y hay realidad enmascarada en el requiebro, en el hermético canto de sus versos. Y hay poesía y verbo conjugado en el silencio que fluye en las páginas de este poemario como un grito de auxilio desgarrado, como una colección de instantes mágicos e íntimos entregados a una estéril realidad tétricamente embarrancada en un océano ciego, sin luz ni horizonte alguno:

Tal vez tus oídos estuviesen ciegos.
Mi boca…
quedó sorda.

Poco habrá de importar, en este mínimo instante, la lucha cruel de todos los ángeles, la leve sensación de todas las brisas, el acogedor tono gris de todos los otoños. Pocos argumentos tendrán los dioses para oponerse a este duelo investido de cementerios como una colección de relojes consagrados a la destrucción de todo lo no vivido.
Subyace en el fondo de estas páginas algo así como un desgarro pétreo en donde claman las mañanas de invierno desnudas de abrazos sin calor, de labios cuyos besos no han encontrado su identidad, su aroma dulce de cosecha vieja y en el limbo de lo inútil se han quedado, irredentos, esculpidos en un destino errado, como impresos en jirones de humo donde yacen apenas correspondidos:

Tengo versos de agua,
flotando en un mar de petróleo;

Esta mañana de finales de agosto ha amanecido gris como un presagio del incipiente otoño. Bajo el parterre, en la soledad desbordada en el patio de mi casa, me he sentado acompañado por estas tenues gotas de lluvia y los versos de Eva López. He leído y releído esta colección de poemas que no son sino un cúmulo de vivencias explotadas, repletas de tantas y tantas cosas.

Me he dejado llevar por la magia impresa en estas cuartillas bien encuadernadas. Me he sumergido en el perfume a veces agrio de estos versos limpios, hechos de verdades lacerantes como fuegos encendidos en difusas madrugadas y tras el paso breve de estas horas he comprendido que la emoción vive en todas y cada una de las palabras que pueblan los versos de Eva hasta el punto de entender el porqué se hace necesario llorar, incluso en negro.

En Hellín a finales de Agosto del 2013
Francisco Rodríguez Martínez